Nowhere Left To Run

Nowhere Left To Run

viernes, 11 de noviembre de 2011

Capítulo 1#

La primera cosa en la que tenía que pensar era en como narices hacer la mochila. Qué meter, es el interrogante, porque ya sabéis lo que se dice…todo es cuestión de meter. Mi madre me había dado, en su experiencia nula sobre el tema, un consejo que no supe muy bien cómo interpretar: “Lo que necesites y que creas que es vital” O sea, todo. Mi IPOD, mi peine, mis planchas para el pelo, ropa…

-Qué indecisión más grande…-murmuré con los brazos en alto.

Se me había ocurrido la fantástica y supercalifragilísticoespialidosa idea de ir con mis amigos de acampada. Cómo no, todos habían aceptado con absoluta indiferencia. Todos menos Ryan, que cuando se lo había sugerido, se había echado a llorar de la emoción.

Irían Carol y Rebe, mis mejores amigas. Nos conocíamos desde pequeñas, ya que nuestros padres eran muy amigos. También iría William, más conocido como “Will, el pervertido”. Le soportaba porque era mi amigo, ya que, cuando era pequeño, una avispa intentó picarle y yo le ayudé. Su aversión por las avispas fue lo que detonó en nuestra amistad.

Irían Laurent y Jean, ambos franceses y hermanos. Se vinieron aquí hará como cosa de cinco años y desde entonces, somos inseparables. Todo empezó por una apuesta que Rebe y Laurent hicieron, sobre quién se comía más galletas (el paquete de galletas era de Ryan) y este perdió. También Lela, que no era precisamente plato de mi gusto. Sí, era mi amiga, pero era un bruta con todas sus letras, amante del ejercicio (cuando yo lo odiaba) hasta límites insospechados y apariencia varonil. Su lenguaje recordaba a los exigentes sargentos de la mili. Alexander, que era irlandés, fue convencido a base de mucho esfuerzo por Ryan. Siempre nos reíamos de él porque era muy supersticioso y llevaba toda clase de amuletos que no funcionaban ni de lejos. Decía que el mundo podía acabarse sin estar él en casa y que eso no podía perdérselo. Nos costó convencer también a Lisy, que era muy tímida y muy ingenua. Si yo lo era, ella lo era todavía más.

Y también iba a ir Dylan, oh sí, Dylan. Rubio, ojos azules y una sonrisa que no conseguías ni con diez años de Colgate. Era alto y fornido. Su pasión era el deporte. Era todo educación. Éramos amigos desde hace bastante tiempo, por no decir décadas, pero yo aún no le había dicho que andaba un poco pillada por él. ¿Había dicho un poco? Olvidarlo. Con ello quería decir mucho.

-¡Cristina! ¡Te llaman!

-¡Qué sí mamá, qué ya lo sé!

Cerré la mochila. Tenía la impresión de que iba a ser un buen día. Me eché la mochila al hombro, me puse mis gafas de sol y salí disparada por las escaleras. Estaba abriendo la puerta cuando mi madre me gritó.

-¡Espera! ¿No te olvidas de algo?

-Emm…no. Ya llevo una toalla.

-Me refería a despedirme de papá, de tu hermano y de mí.

-Ah, vale.

Fui al despacho de mi padre y le encontré allí, sentado en su escritorio.

-Papá, me voy para no volver.

-Vale, hija. Acuérdate de darnos tu testamento antes.

-Sí.

Reí. Siempre hacíamos la misma broma.

Subí de nuevo las escaleras y fui al cuarto de mi hermano Dennys. Este estaba jugando a la PS3 con su amigo Jack. Ambos tenían 15 años e iban a la misma clase que Ryan.

-D, me voy.-le informé-Hola, Jack.

-H-hola C-cris…-dijo Jack mientras se ocultaba tras el mando. Ya me había dicho mi hermano que había cierto tipo de atracción hacia mí.

-Pues no vuelvas.-me dijo mi hermano, sin despegar los ojos de la pantalla del televisor, en el momento en que le marcaba un gol al equipo de Jack.-¡Sí, gol, jódete!

-Bueno, lo dicho, adiós.

Salí de allí y esta vez mi madre me dejó ir sin decir nada. Fuera me esperan mis amigos, sentados todos en la furgoneta de Dylan, que era quien conducía.

-Llegas tarde-dijo Lela.-Llévamos esperándote como mínimo veinte minutos.

-Ala, ala exagerada.-le dije.

Abrí la puerta de la furgoneta y entré dentro.

-Hola, Cris. ¿Qué tal?-me preguntó Dylan, sonriendo.

Iba a contestarle, pero me tropecé con el pie de Laurent y caí sobre Will.

-Ya sabía yo que antes o temprano vendrías a mí…-dijo este con voz sugerente.

Puse los ojos en blanco y seguí avanzando hacia el final, donde tenía reservado un sitio entre Carol y Rebe.

-Eh, ¿qué tal?-pregunté mientras me sentaba.

-Aquí.-dijo Carol.

-¿Todos listos? Pues nos vamos.-dijo Dylan.

Fuimos cantando canciones míticas de autobús hasta que llegamos al parque natural. Dentro, nos esperaba un serpa para guiarnos hacia el sitio donde podríamos acampar. Dylan y él se pusieron a hablar entre ellos y con eso, frustaron mi plan de establar yo conversación con él. Tendría que esperar.

Ryan iba saltando, feliz, por delante de nosotros, pero el serpa le pidió varias veces que parara porque corrió el peligro de despeñarse por varios acantilados. (Que no lo eran…) Andamos como unas dos horas, donde ninguno tuvo problemas menos yo, que no paraba de quejarme.

-Pero…¿por qué te quejas?-me preguntó Lizy-Si la idea fue tuya…

-Maldigo la hora en que pronuncié semejantes palabras.-gruñí.

Por fin, (¡por fin!) llegamos a un claro.

-Aquí, este es el sitio.-nos indicó el serpa, aunque era obvio.

Ya estaba atardeciendo. El serpa nos ayudó a montar las tiendas y después se despidió de nosotros.

-Ah, pero como…¿no te quedas con nosotros?-pregunté.

-Oh, no, claro que no. Tengo cosas que hacer. Volveré mañana para guiaros de nuevo. ¡Adiós!

Y se fue con viento fresco.

Nos pusimos a hablar de cómo repartiríamos las tiendas.

-Carol, Rebe y yo en una-aclaré. Para algo había llevado la supertienda que se lleva cuando mi familia y yo nos íbamos de excursión.

-Está bien-acordó Dylan.- Laurent, Jean y yo en otra,entonces.

-¡No me dejéis solo con Will!-pidió Ryan.-¡Tendré miedo!

-¿Por qué?-preguntó el aludido- Si aquí no hay osos, ni nada que puede asustarte…

-No, ya estás tú que eres peor que Pedobear.

Will quiso coger a Ryan del cuello y estrujarle, pero se lo impedimos.

-Vale, pues entonces…

-Ya me pongo yo con Will.-dijo Laurent.- No me importa.

-No sabes el peligro que corres.-le advertí.

Rió.

-Y Lisy y yo en la otra.-dijo Lela.

Lisy nos miró a todos en busca de ayuda, pero la ignoramos y no la quedó más remedio que aguantarse y asentir.

-Bien-dije, dando una palmada-¿Qué hacemos ahora?

-¿Habéis traído las nubes?-preguntó Jean.

Carol sacó de su mochila unas cuantas bolsas de nubes.

-Y se llaman malvaviscos.-le corrigió.

-¿Y los palos?-preguntó Ryan.-Ah, no, que tenemos que cogerlos.

Jugamos a perseguirnos un rato, hasta que nos cansamos. Había anochecido.

-¿Qué tal si cenamos?-propuso Laurent.

Rebe se apoyó sobre su hombro.

-¿Sabe, Lau? Creo que es lo más inteligente que has dicho en tu vida.

-¿Ah, sí? ¿Y qué me dices si te digo que soy capaz de comerme más nubes que tú?-la retó.

-Te diría que se llaman malvaviscos y que estás como el profe de Latín del año pasado si te crees eso.

Todos emitimos un sonoro “uuh”.

Sacamos todos nuestra comida. Dylan le enseñó a Ryan como hacer un fuego y este casi sale ardiendo.

Comiendo, Ryan quiso jugar al Veo Veo. Nadie quería jugar con él.

-Bueno, Ryan, ya juego yo…Haber, ¿qué ves?-dije.

-Una cosita.-canturreó.

-¿Y qué cosita es?

-¡Empieza por la… “u”!

-Haber…-y me puse a pensar-U…u.. no sé.

-Venga, que no aciertas.

-Jo, y qué quieres…

-Sí quieres puedes rendirte…

-Venga, vale, me rindo.

-¡Era un unicornio!

-¡Pero Ryan, si no existen!

-¡Sí que existen! ¡En mi imaginación!

Todos nos reímos de él.

Terminamos de cenar y nos reunimos todos alrededor del fuego. Ryan se fue y volvió con unos palos para los malvaviscos.

-Esperad, que ahora vengo-dijo Dylan. Al rato, volvió con una guitarra. Si es que era perfecto.

Comimos malvaviscos y cantamos canciones hasta que Will se atragantó con una nube y Lela le dio tan fuerte que se cayó de bruces.

-¿Estás bien?-le preguntamos.

-S-sí…

-Venga, que os cuento una historia de miedo.-dijo Jean.

-Pero si miedo ya nos das tú.-le dijo Carol.

Este le sacó la lengua.

-Espero haberme traído los amuletos adecuados para espantar los espíritus del bosque.-dijo Alex, preocupado. Le ignoramos, ya que esto era muy normal en él.

Jean nos contó su relato.

-Y, por eso, dicen que Jason de Viernes 13 dejó el Crystal Lake y se cambió a este parque.

-Ya, claro, qué casualidad, ¿no?-inquirió Carol.

-Será por parques.-añadió yo.

-Sí-continuó- y dicen que los días de luna llena sale especialmente…

-Qué típico-añadió Rebe.

-Decir lo que queráis, pero al menos yo tengo mi diente de perro de los Alpes extraído en el solsticio de verano…

Volvimos a ignorar a Alex.

-Pues si es verdad lo que dices, vamos a buscarlo.-dije, levantándome.

-¿No tienes miedo?-preguntó Jean.

-No tengo miedo de lo que no existe.

-Los unicornios sí que existen, Cris.

-No hablábamos de eso, Ryan.

-¿Vas a ir de verdad?-preguntó Jean.

-Toma, pues claro.

-Qué valiente.-dijo Dylan.

Yo inflé el pecho con orgullo.

-Y Rebe y Carol vendrán conmigo.

-A nosotras no nos metas en tus cosas.-dijo Rebe, riendo.

-Venga, sí, vamos con ella.-dijo Carol.- ¡Vamos into the woods!

-¡Oh, no, vamos hacia el wood prohibido!-dije.

Mis amigas y yo avanzamos hacia el bosque.

-¡Pero qué sí que se van!-exclamó Laurent.

-Que atrevidas.-dijo Lisy.

-Y así les va-dijo Lela.

Nosotras no les hicimos caso y nos adentramos en el bosque. Para mí, era mucho más importante lo que pensara de mí Dylan que lo que dijeran las zopencas de mis amigas.

-Recuérdame para qué hemos venido al bosque.-dijo Rebe al cabo de un rato.

-A buscar a Jason, el asesino de Viernes 13 inexistente.-dijo Carol.

-Quien sabe, puede que nos encontremos con el cuenta chistes polaco o el abonador de bosques.-dije yo, pensando en “La hora de José Mota”.

Reímos. Era muy divertido pasear por la noche en aquel bosque, ya que la bella luz de la luna llena lo iluminaba todo y le daba un aspecto hermoso, de bosque encantado.

Llevábamos la mitad del gorrino cazao, digo, bastante rato andando cuando oímos algo.

-Tranquilas, chicas-dije, intentando tranquilizarme a mí misma.-Seguramente alguno de los chicos nos habrá seguido para asustarnos.

-O quizá sea Jason de verdad.-dijo Rebe intentando meternos miedo, una técnica harto conocida por nosotras.

-Tía, no seas cabrona como Harry en Gosht Hunting.-le dijo Carol.

Reímos.

Pero, en ese momento, una gran cosa salió de los árboles y se colocó frente a nosotras.

-¡Ah, el yetironcho!-grité yo.

-¡Qué mierdas el yetironcho, es un jodido oso!-gritó Carol.

-¡Pero si aquí no hay osos!-gritó Rebe.

Pero parecía que sí los había, porque un oso de por lo menos dos metros nos gruñía y amenazaba con sus zarpas.

-¡Corramos!

Echamos a correr, pero yo pisé a Rebe y caí al suelo.

-¡Cris!-se giró está.

Yo me di la vuelta para, ya que sabía que no me daría tiempo a levantarme, intentar hacerme la muerta, cosa que decía que funcionaba con los osos. El oso se alzaba ante mí, blandiendo sus garras y yo pensé “Vaya, es el fin. Y no le di a mi padre el testamento…”.

Oí a mis amigas gritar y me preparé para ser partida por la mitad por un guantazo del oso, pero, entonces, otra cosa apareció de la nada e impactó contra el oso, apartándolo de mí.

Abrí los ojos, que los había cerrado. Y me impresioné ante lo que estos veían. Un enorme lobo, del tamaño, por lo menos, de un caballo, estaba ante mí, poniéndose entre el oso y yo. Tenía el pelaje castaño oscuro, aunque la luna le arrancaba destellos que, a mi parecer, era pelirrojos. Era precioso. En ese momento, le gruñó al oso con un gruñido que me puso los pelos de punta.

Sorprendentemente, el oso retrocedió un poco, intimidado. Sentí los brazos de mis amigas, que intentaban levantarme, pero yo solo tenía ojos para el lobo y no sabía nada más. Entonces, el lobo giró la cabeza y me miró.

-Oh.-dije.

El lobo tenía los ojos azules. Unos ojos azules preciosos. Pero, espera…¿dónde había visto yo esos ojos antes?

Noté entonces como el oso se movía.

-¡Cuidado!-le grité al lobo.

Este se giró rápidamente y se lanzó contra el oso. Ambos se perdieron, entre zarpados y dentelladas, en la oscuridad.

-¡Vamos, Cris, vámonos!-decía Carol, mientras conseguía ponerme en pie-¡Ese oso o el lobo podrían volver!

-¡No, no podemos irnos! ¿Y si el lobo está herido?-pregunté.

-¡Qué más da, es un lobo, vámonos!

-¡Pero se ha enfrentado al oso para salvarnos!

-¡Los lobos no hacen eso!

-¡Pero este sí! ¿Has visto lo grande que era?

-¡Qué importa su tamaño, vámonos!

-Chicas, ¿no oís eso?-preguntó entonces Rebe.

-¿El qué pretendes qué…?-ambas callamos. Y todo quedó en silencio.

Entonces, se oyó. Un lobo aulló cerca de nosotras.

-¡Es él!-dije.-¡Tenemos que ir, puede estar herido!

En ese momento, otra cosa salió de los árboles y gritamos.

-¡Tranquilas, que soy yo!-dijo Dylan.

-¡Dylan!-grité, mientras corría hacia sus brazos.

-Lo que te has perdido, D.-le dijo Carol.

-¿El qué?-dijo este mientras me abrazaba, intentando calmarme.

-Nos atacó un oso y un lobo enorme se enfrentó a él. Hubiera matado a Cris sino lo hubiera hecho.-explicó Rebe.

-Pero…-me aparté de él-¿Cómo nos has encontrado tan rápido?

Le miré a los ojos. Ojos azules. Hum.

-Pues… no me pareció bien que salierais solas, así que os seguí.

-Pues si nos seguiste, debiste ver al lobo.

-No, porque me paré a mitad de camino a llevar a Ryan de vuelta al campamento, porque no cesaba de seguirme.

Le seguí mirando a los ojos, buscando la verdad en su mirada. Aunque eran parecidos a los del lobo, este los tenía más grises.

-Típico de Ryan.-dijo Carol.

-Por favor-pedí-¿Podemos volver al campamento? Estoy muy cansada.

-Claro-Dylan me pasó un brazo por los hombros.-Volvamos.

-¿Y cómo vas a saber el camino de vuelta?-preguntó avispadamente Rebe.

-Digamos que tengo un buen sentido de la orientación.

-Hum.

Fueron hablando entre ellos, pero yo no me enteré de qué. Solo podía pensar en ese lobo tan grande y hermoso que se había enfrentado al oso sin razón. ¿Estaría bien?

Llegamos al campamento y Laurent y Jean corrieron a nuestro encuentro.

-¿Qué? ¿Encontrasteis a Jason?-preguntaron con sorna.

-No, encontramos algo mejor.-les respondió Carol con misterio. Y se lo contó.

Yo miraba hacia el bosque, esperando que el lobo apareciera de un momento a otro, pero nada. Miré hacia arriba, donde había unos salientes de piedra y, entonces, lo vi, allí, sentando en un uno. El lobo.

-¡Chicos, mirad! ¡Está allí!-señalé.

-¿Qué?

-¿Lo cuál?

-¿El qué miramos?

Pero cuando me volví a mirar, no había nada.

-Oh…habrá sido un error.-dije, avergonzada.

-Creo que será mejor que te vayas a dormir.-me sugirió Dylan.

-Sí, creo que tienes razón.-le concedí.

-¿Y si nos vamos todos? Porque para hacer bulto aquí fuera…-dijo Alex.

-Vale.

Y así lo hicimos. Al rato, todos estábamos en nuestras tiendas, metidos en nuestros sacos, intentando dormir.

Yo cerré los ojos, mientras, en mi mente, me imaginaba al lobo, sentado en el pico, con la luna detrás. Y, en ese momento, lo oí. El lobo volvía a aullar. Y, sin verlo, supe que estaba sentado donde lo había visto por última vez.